Crónica # 1
Último fin de semana de este mes que se despide
La noche del jueves lo pensé muchas veces –mañana no puedo llegar tarde a la clase de inglés. Soñé con esa frase, supongo, porque la madrugada del viernes desperté asustada, pensé que era muy tarde y enseguida miré el reloj, marcaba las 3:30 a.m. Una alegría efímera invadió mi cuarto –podré dormir un rato más –susurré a la madrugada. Me arropé nuevamente, cerré mis ojos, abracé la almohada pero a los tres segundos miré el reloj otra vez, imaginé una figura en el techo, me senté en la cama, pensé en la clase de inglés y de didáctica, en definitiva el sueño había tomado otro rumbo…
Sin prisa me alisté como de costumbre, revisé el horario y saludé el nuevo día desde el patio de mi casa en compañía de Abril, un bello bonsái que me acompaña desde hace más de un año. Me esperaba un vaso de jugo de naranja que disfruté mucho y, minutos después, salí a esperar el alimentador ACR1. Eran las 5:55 a.m. cuando ingresé a la universidad –lo logré, llegué temprano –pensé. Me encontré con Gessica en el Instituto de Lenguas, empezamos a hablar de lo que podría ser nuestro primer viernes de clase del nuevo semestre –ya veremos qué tareilla tendremos para el lunes, mínimo, mínimo, el profe Wilson dejará alguna actividad para hacer este fin de semana –decíamos entre risas y suposiciones.
Motivadas por la clase de inglés entramos al aula y… ¡qué viva la confusión! En voz baja decía -Comment dis-je… perdón, how can I say… Oui, oui, ¡ay no! Perdón ¡Yes! –Así transcurrieron dos horas de clase. Al inicio desarrollamos los ejercicios de dos páginas del libro: completamos diálogos, escuchamos conversaciones que hablaban de las nacionalidades y después el profesor empezó a enumerarnos. Four, quatre o cuatro, debía buscar a todas las personas que tuvieran ese mismo número, me levanté de la silla y un tumulto de gente desconocida parecía perdido en un salón de clase a la espera de una respuesta inmediata. Terminamos el ejercicio y mientras el profesor decía las tareas para el lunes, en mi pecho se escuchaba la alegría por un encuentro deseado.
Llegué en compañía de Gessica al edificio de Ciencias Humanas, subimos al quinto piso, yo estaba un poco nerviosa, divisé la sonrisa que me sonroja, di el saludo tan anhelado y buscamos el salón quinientos siete donde tendríamos la clase de Didáctica de la lengua materna II. Pasados casi trece minutos de la hora de clase abrieron la puerta y escuché una voz que decía –los estaba esperando en el quinientos diecisiete, ya traigo todo para acá. Efectivamente era el profesor Wilsón. Saludó como de costumbre y habló de los temas del semestre, el taller de crónica, la fotografía, el blog… En ese lapso me preguntaba –¿no va a dejar alguna actividad? Imposible –risas, comentarios, reflexiones, explicaciones, miradas y –para el lunes escriben una crónica sobre el fin de semana –dijo el profe. Acababa de suceder lo que esperaba, tendría un fin de semana lleno de escritura.
La clase terminó antes de tiempo, una invitación a almorzar inesperada cambió los planes de lo que sería el último viernes de mayo. Emocionada, como cuando se tiene cerca a la persona que se ama, salí de la universidad y así terminé la jornada académica de este día. El sol parecía no dar tregua, tan imponente como suele estar por estos días acompañó mis pasos y los de él hasta la parada de bus. Llegamos, parecía otro día. Intercambiamos miradas y un mar de palabras guardadas imploró libertad. El reloj indicó que era hora de almorzar, servimos y almorzamos en compañía de su padre. En la tarde llegaron de nuevo los temas académicos. Iniciamos una búsqueda detallada de crítica literaria sobre el cuento de Esteban Echeverría “El matadero” y pedimos un libro de Angel Rama a la biblioteca Luis Ángel Arango. El reloj marcó las 3:30 p.m, yo debía cumplir una cita con mi prima Fernanda y como quien sabe que va tarde para una cita, me despedí apresurada pero no quería irme del todo.
Llegué a casa de mi prima, ella aún no estaba arreglada, su cara indicaba el cansancio de una semana de evaluaciones y la pereza de un caluroso viernes en la tarde. Por otro lado mi garganta me decía que el helado tan deseado y esperado no podría ser para ese día, él solo causaría más tos y empeoraría los síntomas de una posible gripa. Muy alegres salimos para Cañaveral. El colegio, el icfes, las evaluaciones acumulativas, las vacaciones, undécimo grado, las fiestas, escucharla hablar sobre esos temas me hizo recordar una época ya vivida. Aproveché la ocasión para hablarle del taller de crónica que haríamos este semestre, entre risas y algo de asombro me dijo que sí, que podíamos contar con su colaboración. Pasaron las horas, ella decidió cambiar el helado por una granizada y yo por un capuchino con almojábana. Hablamos de planes venideros. Ella ve todo más sencillo, cree que yo siempre tengo mucho tiempo disponible para ir de paseo, pero siempre le digo lo mismo: Recuerde que entré a estudiar…
El viernes iba llegando a su fin, llevé a mi prima a su casa y yo me fui para la mía. En ese largo recorrido de igsabelar, la famosa ruta que recorre casi toda la ciudad, pensé en la crónica, en mis padres, en el helado que aún deseaba, en el aseo del sábado y en dormir. Llegué a mi casa, mi madre, con sus gestos de cansancio y su silencio, me decía que le preparara la comida a mi padre, yo, que no tengo ningún problema en cocinar, cumplí con esa divertida labor. A las 10:00 p.m. encendí el computador, escuché música colombiana y tuve la intención de iniciar la lectura de la crítica literaria pero el sueño lo impidió.
-Laura recuerde hacer la lavada, en el mesón le dejo la pechuga para el almuerzo, ya son las 7:30 a.m. lo mejor es que se levante ya para que le rinda el día- . Después de escuchar esas frases de mi madre me levanté muy perezosa, quería seguir durmiendo pero, no podía, la responsabilidad me esperaba. Como de costumbre preparé mi desayuno, puse música en el pc, encendí la lavadora y lavé alguna ropa mía a mano. Por fortuna el típico sol de estos días ayudaría a que la ropa se secara más rápido. ¿Qué vino después? Lavar los baños, barrer, trapear y lo que sí me gusta: preparar el almuerzo. Almorcé en compañía de mis padres, lavé los platos, aún faltaban algunos oficios, mire el reloj y sentí rabia, quería empezar a escribir pero las obligaciones que me corresponden en la casa me lo impedían. Empezó a llover, ahora debía entrar la ropa, miré el reloj que indicaba las cuatro de la tarde; por fin pude ir a bañarme.
Me encerré en mi cuarto de estudio, prendí el computador y escribí tres palabras hasta que fui interrumpida por mi madre que me pidió un favor. Salí del cuarto, hice el favor y continué pero sin resultados favorables, nuevamente apareció mi mamá a preguntarme si quería café. Sentí desespero, quería escribir pero estaba siendo interrumpida, se frenaban mis ideas hasta que les pedí el favor a mis padres que me dejaran escribir. En la noche ya tenía un avance y me sentía más tranquila. Pasados unos minutos, hice una tarea de inglés y decidí subir al blog la primera actividad de didáctica II, mientras terminaba sonó el teléfono. –Laura es para usted -, dijo mi madre. Caminé tranquila disimulando la alegría de un presagio: -¡Bonsoir Monsieur Mantilla!, exclamé.
Me encerré en mi cuarto de estudio, prendí el computador y escribí tres palabras hasta que fui interrumpida por mi madre que me pidió un favor. Salí del cuarto, hice el favor y continué pero sin resultados favorables, nuevamente apareció mi mamá a preguntarme si quería café. Sentí desespero, quería escribir pero estaba siendo interrumpida, se frenaban mis ideas hasta que les pedí el favor a mis padres que me dejaran escribir. En la noche ya tenía un avance y me sentía más tranquila. Pasados unos minutos, hice una tarea de inglés y decidí subir al blog la primera actividad de didáctica II, mientras terminaba sonó el teléfono. –Laura es para usted -, dijo mi madre. Caminé tranquila disimulando la alegría de un presagio: -¡Bonsoir Monsieur Mantilla!, exclamé.
Me despertó el sonido del molinillo y el olor a chocolate. Me levanté y decidí bañarme antes de desayunar. Mi madre y sus deliciosas preparaciones, tal vez por eso amo tanto cocinar. Hice la lista de mercado, se la entregué a mi padre y me encerré, como en el día anterior, en mi cuarto de estudio. ¡Qué alegría que nadie me interrumpiera!, me encanta que el silencio me acompañe cuando escribo. Todo indicaba que había avanzado, subí la información al blog y después… quería hacer la tarea de inglés pero llegó mi padre con el mercado y arreglarlo es otra de mis responsabilidades desde que tenía doce años. Esa tarea es tan divertida para mí como cocinar. Guardar las verduras en las bolsas correspondientes, sacar los tomates, echar los pimentones a la taza naranja, arreglar y hervir la mora, c’est fini!, ahora sí a hacer la tarea del libro de inglés.
Después de almorzar leí algunas páginas del libro “Memorias de una joven formal” de Simón de Beauvoir, más tarde el sueño me sorprendió en el mueble de la sala así que dormí un rato. Llegó la noche y junto a ella la lectura del cuento “El matadero” y otros artículos de crítica literaria. El fin de semana estaba a punto de culminar, terminé de escribir la crónica, dejé todo listo para iniciar la segunda semana del séptimo semestre. Ya varemos que nos trae junio, ojalá que no sea una reelección…
Crónica #2
Crónica # 3
Crónica #2
LA
OTRA CARA DE LA MUERTE
Son
las ocho y treinta de la mañana. Mi madre y yo subimos al carro mientras mi
papá guarda todo lo necesario para llevar. La ansiedad se mezcla con la
nostalgia en mis adentros, los recuerdos renacen en la memoria y las preguntas
brotan sin cesar –¿encontraré a alguien?, ¿cuántos años tendrá?, ¿será tímido o
extrovertido? –La primera vez que fui a este lugar tenía nueve años y ese día
quedó marcado en mi memoria para siempre. La multitud no me dejaba presenciar
el último adiós, las lágrimas se escondían en los lentes oscuros, mi cabeza
estaba a punto de estallar por tanto llanto e intentaba comprender el porqué de
tantos acontecimientos que parecían inexplicables. Los recuerdos se mezclaron
con una tristeza extraña por aquellos que no están.
–¿Pompones blancos o amarillos Laura? –pregunta
papá –amarillos creo que está bien –respondí. Llegamos, el color verde invade
mi vista, ahora recuerdo no solo la primera vez que visité el lugar sino todas
las veces que queriéndolo o no tuve que estar allí. Caminé lentamente y vi…
Ana
María Suarez
Nov.
20 de 1910 – Sep. 20 de 2000
Evarista
García de García
Dic
31 de 1916 – Ene 11 de 2007
Lucila
Torrado V. de Acevedo
Dic
17 de 1917 – Sep. 25 de 2002
José Vicente Güiza Serrano –Aquí está su nono,
Laura –dijo papá –Aquí está la tumba – pensé.
Subo
al carro de nuevo, el recorrido continúa. A lo lejos diviso a un hombre de tez
morena, tiene una camiseta fucsia, jean, botas pantaneras y una gorra. Junto a
él su material de trabajo: un balde grande, unas tijeras de jardinería, un
machete, unos guantes y una escoba como la que se usa para barrer las calles. Me
siento ansiosa y emocionada –tiene cara de buena gente –pensé. Me acerco a él y
es mi padre el que inicia una larga conversación.
-Buenos
días señor, ¿mucho trabajo?
-Sí
señor, gracias a Dios hay buen trabajito.
Así
responde Elías, un hombre de cuarenta y cinco años que junto con otros veinte hombres
conforman una asociación del mantenimiento de tumbas. Su mirada es humilde y su
rostro expresa, sobre todo, su buen sentido del humor. Elías no sabe leer ni
escribir pero desde hace quince años tiene este trabajo que le sirve para
mantenerse a él y a su familia.
Trabaja
todos los días de la semana y tiene un horario que está definido –ahí según las
tumbas que tenga p’arreglar - . Son ciento treinta tumbas las que tiene a su
cargo este hombre que llegó del Cesar a la ciudad de Bucaramanga para buscar
trabajo. La espontaneidad, la alegría y el gusto que tiene por su labor se perciben
en su mirada sincera que busca el horizonte, mientras sonríe y habla de su diario vivir. Lo
que más le gusta de su trabajo es “la platica” como él mismo lo dice entre
risas, además de la puntualidad con el pago de las personas que lo contratan.
Aunque, dice Elías –hay eso sí, una señora, ya abuela más bien que tiene como
tres pensiones, pero es muy tacaña, me debe un millón de pesos y ya estoy que
le digo no más. Me siento bien bendito sea mi Dios porque yo soy una persona
que digamos no se leer ni escribir pero bendito sea mi Dios a este trabajo he
podido sobrevivir aquí en Bucaramanga. Lo que más le gusta a uno, pues que la
gente son muy honesta con uno y así vengan o no vengan uno les tiene la tumba
arreglada.
Así
transcurren sus días de lunes a domingo, a veces lo sorprende la lluvia y
otras, la gran mayoría, el sol acompaña fielmente sus pasos. Me encontraba a la
espera de una anécdota misteriosa que hablara de muertos o de fantasmas pero
para sorpresa mía lo más extraño y curioso que él recuerda fue la vez que tuvo
que sacar un lagarto del “rabo” de una señora que gritaba como loca por
semejante invasión. Elías se despide amablemente, con una sonrisa
indescriptible y con el ánimo de seguir su trabajo. Miro fijamente cómo su
gruesa figura se pierde entre las tumbas, mientras pienso en la dedicación y
pasión con la que este hombre se gana la vida adornando la muerte.
Un desafío con el tiempo
El
día inicia mientras observa la luna. Su cuarto, fresco, recibe el cansancio de
una larga jornada y la pluma lo espera ansiosa, desesperada. Las letras corren
entonces, sin descanso. La página en blanco se vuelve gris. Organiza un
itinerario mientras Morfeo, insistente, lo invita a buscar los sueños perdidos
por el desvelo pasado. Una montaña de libros adorna el escritorio. Páginas y
páginas se encuentran a la espera del encuentro y cuando la lectura parece
iniciar, suena el teléfono… Del otro lado de la línea alguien le dice que hay
varias guías de ciencias naturales y sociales por hacer, que lo esperan más
tarde. Es domingo, las lecturas quedan postergadas y él se prepara para
invertir su tiempo en una actividad ajena a la universidad.
La
noche es el inicio del día para Diego
Alejandro Mantilla, un estudiante de séptimo semestre de licenciatura en
español y literatura de la UIS, que
desde hace cinco años es el encargado de hacer las guías de trabajo, los
talleres y las evaluaciones de Miriam Martínez, su tía y profesora de primaria
del Instituto Gabriela Mistral. Ella lo espera para elaborar el paquete de
trabajo de la nueva semana. La paciencia debe convertirse en la mejor aliada.
La
maestra intenta ponerse de acuerdo con su sobrino. Un futuro colega, un futuro
maestro que se esfuerza porque su tía explique los temas de la mejor manera y
porque utilice un material adecuado y coherente con el proceso de aprendizaje
de las niñas. “El trabajo con ella es más un compromiso conmigo mismo”, expresa
Diego, mientras mira cómo las manecillas del reloj anuncian las lecturas de la
madrugada. Pasan las horas de la tarde,
un taller, unas evaluaciones y una guía de trabajo quedan listos.
Como
lo había pensado, la madrugada lo sorprende con algunas lecturas, ya es lunes
y la clase programada para las ocho de
la mañana está a punto de iniciar. Por fortuna, la profesora Miriam vive cerca
de la universidad. Se despide rápidamente, camina a paso de liebre y desayuna
como si estuviera en una competencia. Mientras tanto, en el salón, un profesor
inicia la clase y pasados unos minutos, un joven de aspecto somnoliento y
cansado hace señas para que alguien le abra la puerta: “ábranle a Diego, llegó
Diego”, dicen sus compañeros de clase. Así inicia la jornada universitaria de
Diego Alejandro. El día transcurre entre lecturas y trabajos en grupo hasta que
llega la tarde del lunes y según sus responsabilidades debe llegar a la Alianza
francesa para dar tutorías.
Los
martes en la mañana cambia la pluma o el teclado del computador por un
micrófono. Una profesora, otros jóvenes como él y un grupo de niños lo reciben
en la cabina de radio de la UIS para grabar un programa más de paidópolis. Se deleita escuchando las
historias de los niños, practica inglés en una de las sesiones del programa, da
consejos para cuidar el medio ambiente. Todo se ensaya una y otra vez hasta que
por fin queda grabada una sesión más de este programa radial.
Las tutorías de francés se repiten los
miércoles en la tarde y los sábados en la mañana. Un día cualquiera de la
semana la tía Miriam lo puede llamar de repente y pedirle una guía de trabajo o
una evaluación. De estas tres actividades que Diego realiza, aparte de la de
estudiar, la única que tiene una remuneración económica es el trabajo con su
tía. A veces recibe son tan solo $5.000, otras veces $20000. Y aunque no niega
que ese dinero le es muy útil para las fotocopias y para el transporte,
confiesa una y otra vez que su trabajo es un retribución a las tantas veces que
su tía le ha ayudado con la matrícula,
con el pago de servicio de comedores o con el examen DELF. Además, ese
trabajo está relacionado con la profesión que eligió, tal vez, por esa razón,
no se queja de los aceleres en lo que vive su día a día y por el contrario
aprende de la experiencia de su tía y se proyecta en su campo de trabajo.
La
relación que Diego tiene con el tiempo es extraña. Él es de los que piensa que
cuando se tienen varias responsabilidades mejor puede organizarse el tiempo. No
niega que vive muy acelerado, como si la música electrónica le recorriera su
cuerpo. Unas veces llega tarde a otros compromisos y su trabajo requiere de
largos trasnochos para cumplir con las responsabilidades de la universidad. Pero
no se queja de su vida, porque todas las actividades que realizan tiene una
conexión con su carrera. El trabajo con su tía también le permite aprender y
tener una visión de su futuro como docente. Las tutorías en la alianza le
permiten afianzar el idioma, seguir practicando una lengua que para muchos ya
empieza a quedar en el olvido. El trabajo en la emisora, “se lo goza” como el
mismo lo dice, corrige a los niños y disfruta esa nueva actividad.
El
promedio de Diego indica que es un buen estudiante, él suele exigirse más de lo
que debe, sus compañeros de universidad han sido testigos de tantos trasnochos
y no para de reflexionar sobre el tiempo. Todas las semanas Diego cumple con
tres responsabilidades diferentes y eso no se convierte en excusa para no
cumplir con los trabajos universitarios. Al contrario, la pasión que demuestra,
no solo por la literatura, sino por todo lo que está relacionado con su
carrera, hace que cada actividad tenga el sello de su dedicación.
Así
transcurre el día a día de Diego Alejandro Mantilla, su semana termina con
tardes de viernes de poesía, de conciertos, de largas charlas practicando
francés. Todo queda preparado para el inicio de otra agitada semana.
Crónica #4
UNA HISTORIA SE
ESCRIBE DETRÁS DEL TELÓN
El teatro no puede desaparecer
porque es el único arte donde la humanidad
se enfrenta a
sí misma.
Arthur Miller.
La
segunda vez que vi a Javier fue en la semana de inducción a la vida
universitaria en el año dos mil ocho. La primera vez no la recuerdo, pero
tuvimos la certeza de que nos habíamos visto antes. Formamos un círculo en ese conocido
lugar de la UIS llamado el bosque. Yo
estaba muy emocionada: la universidad, la expectativa por conocer otras
personas, el inicio de una nueva etapa de mi vida, en fin, el universo que se
abre hacia lo desconocido me tenía conmovida y asombrada. Él se sentó a mi lado, recuerdo perfectamente la expresión de su
rostro y el tema de nuestra conversación. Tuve la impresión de que era un joven sencillo y muy alegre. Así lo indicaba
su sonrisa que iluminó la mañana de aquel septiembre. Repetíamos una y otra
vez: ya nos hemos visto, ya nos hemos
visto, pero ni con el pasar del tiempo logramos recordar dónde. Llegó el
momento de la presentación: “Mi nombre es Javier Mauricio Medina Vargas,
estudié en el Colegio Salesiano y me
gusta el teatro”. Después de escucharlo pensé que tal vez lo había visto en una
de sus presentaciones y quedé con la curiosidad de saber algo más sobre él.
En
el primer semestre de la carrera estudiábamos latín y casi siempre lo veía
apresurado, se notaba que su tiempo no estaba dedicado únicamente a la
universidad, pues siempre salía rápido de clases porque tenía ensayos o alguna
presentación. La puesta en escena llegó sin pensarlo. La tradicional
presentación artística de Latín I fue la oportunidad para que Javier demostrara
su talento. Él y su grupo de trabajo hicieron una obra de teatro sobre
Caperucita Roja. Y sin ánimo de desmeritar el trabajo de mis otros compañeros,
la actuación de Javier sobresalía sobre las demás. El manejo que tenía del
escenario, los movimientos, las expresiones y el tono de su voz, indicaban que
detrás de esa actuación había días, incluso años, de formación y trabajo.
Hoy,
pasados siete semestres de nuestra carrera de Español y Literatura, una puerta
abre camino a los recuerdos. Un pasillo anticipa los detalles de una historia. El
negro y el blanco definen las paredes. Un telón rojo desciende para adornar el
escenario. El piso cubierto por una alfombra negra invita al juego. Logro verme
en un espejo que queda de fondo. En las paredes hay diplomas de una maestra en
artes escénicas, el escritorio cuenta lugares recorridos y premios ganados
gracias al esfuerzo. La música de fondo me transporta a otro tiempo y a otro
lugar. Abro otra puerta, un
microuniverso capta mi atención. Zancos, telas de colores, máscaras, maletas,
bolsos, zapatos; ¡cuántos recuerdos, cuántas historias habrán en todo lo que
observo!, pienso. Javier está
emocionado, me explica y describe con detalle cada rincón de ese lugar que
tanto ama y al que tanto le debe: El
Bufón del Tiempo.
Iniciamos
una larga conversación mientras me transmite esa alegría digna de alguien que
se apasiona por lo que tanto ama hacer. Su historia empieza a tejerse desde
hace aproximadamente diez años, cuando ingresó a sexto grado en el colegio
Salesiano. En un principio fue la danza. Ella con su movimiento, con ese vaivén
que alegra y seduce. Gracias a ella Javier empezó a interesarse por las artes
escénicas. Inició una búsqueda constante de lo que quería, de esa actividad que
lo llenaba y con la que se identificaba. A partir de sexto grado hizo parte del
grupo de teatro del colegio. Aprendió a montar en zancos, a botar fuego por la
boca y a dramatizar. Viajó con el grupo de teatro, participaron en diferentes
concursos y en algunos de ellos resultaron ganadores. Durante ese tiempo su
familia creía que todo era un hobbie. Pero lo que su familia esperaba de su
futuro era muy distinto de lo que Javier quería hacer.
El
cierre de la etapa del colegio se hizo presente y junto a ella la presión y la
angustia por saber qué camino seguir. Es común que la mayoría de los padres
estén pensando en tener hijos abogados, ingenieros o médicos, porque estudiar
teatro, actuación, música e incluso estudiar una licenciatura pone el ambiente
familiar tenso. “Colombia es un país de títulos”, expresa Javier para
argumentar el porqué de su fracasado viaje a Bogotá. Él anhelaba irse a
estudiar actuación pero fue imposible, así que tuvo que escoger una carrera y
dividir su tiempo entre la universidad y las artes escénicas. Licenciatura en
Español y literatura fue su elección. Sonríe cuando le pregunto el porqué de
esa elección: “Sin duda porque considero que complementa lo que practico y
porque desde el colegio me gustó mucho el español”. A partir de ese momento me
sentí en una clase de dramaturgia. Empezó a explicarme cómo surgió el teatro y
de repente Medea, Prometeo, Edipo Rey y
Antígona se convirtieron en el centro de la conversación. El francés
también influyó en su decisión pues uno de sus sueños es conocer el teatro del
sol que queda en Francia y una reconocida escuela de pantomima.
Su
mirada quedó estática por un instante. Sus ojos dieron un brillo distinto y un
lapso de silencio invadió el momento. Tal vez imaginó un futuro incierto, como
el de todos. Tal vez pensó en ese viaje soñado. Pasados unos minutos volvimos a
la conversación. Le pregunté por los cuidados que debía seguir para mantener un
cuerpo saludable y quedé admirada ante su rutina. Javier acostumbra a acostarse
temprano, no fuma, no toma y todos los días hace una rutina de ejercicio.
Además, practica media hora de yoga después de levantarse. Según él, prepara su
alma, se relaja, se encuentra consigo mismo, busca la tranquilidad
interior y dispone su mente y su cuerpo
para la práctica de su arte. Sin duda, cuida su cuerpo y alimenta su alma. “Es
un estilo de vida”, expresa orgulloso.
La
puerta que abrió camino a los recuerdos está a punto de darme una despedida.
Mientras tanto, nos levantamos de la mesa donde estábamos conversando y Javier
me expresa emocionado:
“Hace
cuatro años hago parte de este grupo llamado El Bufón del Tiempo. Empecé a tomar talleres de acrobacia aérea y
trabajé con mucha dedicación para formar parte de él. Practicamos las artes
escénicas como una pasión y como un medio de trabajo. Cuando las presentaciones
son escasas entonces dicto talleres personalizados”.
Al
escuchar está última frase le pregunté si podría asistir a una de esas clases
personalizadas. La cita fue al día siguiente en el parque de los niños. Esa
tarde llegué ansiosa, busqué con calma la figura de Javier. Pensé por un
momento que no había tenido taller pero de pronto, diviso a los lejos un aro
que cuelga de un árbol: Allí estaba Javier con dos de sus estudiantes.
Practicaban dos figuras para realizar en la clausura del colegio Gimnasio
Aldebarán. Intrépidas las adolescentes se arriesgaron a subir al aro con la
ayuda de Javier que siempre les aseguraba que no iba a pasar nada malo, que
disfrutaran lo que estaban haciendo y que tuvieran mucha concentración. Primero
debían poner las dos manos en el aro, tomar impulso y quedar colgando de las
piernas sobre el aro. Luego, como por arte de magia y haciendo una vuelta que
yo no lograba comprender muy bien, las niñas quedaban sentadas en el aro.
Javier estaba atento a cada movimiento y hacía las correcciones pertinentes
cuando era necesario. Terminada la clase con las dos niñas me atreví a decirle
que quería intentarlo. Quería saber que se sentía estar subido en un aro que
colgaba de un árbol pero no fue tan sencillo como pensé. Sin la ayuda de él no
lo hubiese logrado, empezando porque soy tan bajita, que ni saltando alcanzaba
a coger el aro con las manos. Javier me alzó mientras una risa nerviosa se
apoderaba de mí. “Tranquila Laura, tranquila que no le va a pasar nada”, me
dijo muy serio. “Recuerde que no debe soltar el aro, ¡fuerza, fuerza en esos
brazos!”. Pensé en todas las veces que había visto a Javier en sus presentaciones,
recordé incluso la primera vez que fui a un circo. Sentía que me ardían las
manos, le dije a Javier que quería bajarme, que mis manos no aguantaban más,
pero de repente me dijo que tenía que subir las piernas al aro para que diera
una vuelta y pudiera quedar sentada. En realidad no supe exactamente ni cómo
pasó. Fue muy rápido. Sentí un vacío extraordinario, vi el mundo al revés por
un instante, como tantas veces lo imaginaba cuando estaba pequeña. Mis piernas
temblaban, mis manos me ardían aún más. ¡Lo logramos!, grité emocionada.
Nos
despedimos con un fuerte abrazo, felicité a Javier por lo que hacía y pensé en
todas las veces que he desistido ante una prueba sin ni siquiera haberla
iniciado. Me voy emocionada para la universidad y en la noche me dispongo a
iniciar la escritura de la crónica. Una gran historia se escondía detrás del
telón. El teatro, el circo, la pantomima, el performance; todo lo nombrado hace
parte de las artes escénicas. Cuántas veces nos hemos divertido y hasta
reconocido en algún personaje. Desde niños hemos jugado a ser otros. Hemos
asumidos roles, hemos cambiado de estado de ánimo y cuántas veces una expresión
en nuestro rostro ha dicho más que una palabra.
Tal
vez está noche un bufón aparezca en mis sueños…




