I
Noche fría y mágica la que disfrutaron mis sentidos. Una noche de concierto en la que se estremecía mi pecho al compás de cada canción. Y al ritmo de cumbias y pasillos inicié un viaje por el tiempo, todo lo que antecedió el inicio de un gran sueño. Cerré mis ojos y contemplé un árbol de infinitas ramas, no sé en realidad que pueda embelesarme más que mirarlo con detenimiento, es como retener un instante, como si cada rama representara un momento de mi existencia. Me detuve en las más pequeñas. Las vi tan tiernas, frágiles, inocentes e inquietas que mi mente se llenó de recuerdos.
Desde aquella época en la que solo queremos jugar, quise hacer realidad el deseo infantil de tener una Barbie profesora. Un deseo que mi familia veía como un capricho de mi niñez, pero, para mí, era la llave que abriría la puerta encantada a una visión del futuro. En la navidad de un año que no recuerdo con exactitud, nos encontrábamos reunidos con mi familia materna. El ambiente era una extraña mezcla de alegría por la cena, los buñuelos, la novena y mi impaciencia porque el reloj marcara las doce para abrir los regalos tan esperados. La hora llegó, me senté ansiosa y a lo lejos divisaba una caja grande que decía: “para Laurita de sus papitos”. No veía la hora de destaparla, probablemente porque quería comprobar que mis padres sí me habían cumplido la promesa de regalarme lo que tanto deseaba.
Así que la caja llegó a mis manos, rompí con entusiasmo el papel y como si me hubieran dado una caja de chocolates, me sentí muy feliz. Me apresuré a buscar a la Barbie profesora, la acompañaban una pareja de estudiantes con sus respectivos pupitres y un tablero con doble función: por un lado era verde y podía escribir con tiza algunas sumas y cortas frases, por el otro lado tenía dibujado el pentagrama para las clases de música que tanto me gustaban. Además, el tablero tenía tres botones, uno simulaba las notas de la escala musical, el otro el sonido de un sacapuntas y el último la campana del recreo. Era, para mí, un tablero mágico, que me permitía asumir la profesión que tanto admiraba. Me divertí por varios años con ese juguete, mi preferido, entre los pocos que tuve, pues no fui niña de muñecas. Solo la Barbie profesora tuvo un lugar muy especial en mi cuarto.
II
El esperado momento de entrar a estudiar sucedió cuando tenía tres años. Según cuentan mis padres, no lloré el primer día de escuela y llegué a la casa agolpada de palabras, que contaron los sucesos de aquella mañana. Mis compañeros de clase, la amable profesora, los juegos, lo que aprendí y la ansiedad por volver a estar allí. Las primeras semanas, según la profesora, la niña juiciosa de cabello rizado le ayudaba a cuidar a los demás, razón por la cual la promovieron a pre-jardín. El colegio se llamaba “Mi mundo real”, era tan pequeño que tenía por alcobas los salones y por la sala el patio principal. Recuerdo la alegría que me daba cuando llevaban los títeres al colegio. No olvido mi cara de asombro después de haber visto una función y al final enterarme de la verdad de siempre: dos personas disfrazaban sus manos y cambiaban su voz para sorprendernos con una bella historia. Las tareas que más me aburrían eran las de hacer planas, me parecían eternas, pero las hacía. En cambio, las tareas que me fascinaban eran las de decorar dibujos. Hice muchas bolitas de papel seda, pegué pétalos de flores, algodón, arena, pastas, lentejas, escarcha, cáscara de huevo, en fin, todos esto para ver, al final, una verdadera obra de arte llena de mucho pegante.
Nublados recuerdos aparecen por mi mente cuando intento recordar cómo empecé a leer y escribir. Solo aparece la imagen de mis cuadernos llenos de sellos morados con las diferentes letras del abecedario que precedían a mis planas. No podía faltar la relación de la letra con algún nombre específico para tener como referente ese dibujo. Así que encontraba en mi cuaderno una “S” gigante y al lado un sapo, la “I” de iglesia, la “F” de foca y así sucesivamente. Al terminar pre-escolar en mi mundo real, leía y sabía escribir las típicas frases de mi mamá me mima para practicar la formación de sílabas con las diferentes letras.
A mis seis años mis padres decidieron cambiarme de colegio. Estaba en total desacuerdo con esta decisión, tanto así que el día de la entrevista con la señorita Zenaida Brijaldo, directora en ese entonces de la Escuela Anexa que quedaba junto a la Normal Superior de Señoritas, la niña habladora y alegre se extravió en el mar de los recuerdos de “Mi mundo real”. Hubo mucho silencio y de repente la pregunta más importante –Laurita por qué quieres estudiar en esta escuela, qué es lo que más te gusta –le respondí –Nada, porque no quiero estudiar aquí –Mis padres disimularon su mal genio, yo presentía el regaño que venía por las advertencias ya hechas, pero solo dije lo que sentía, lo que no deseaba en ese momento de mi corta vida. Además, yo debía entrar a primero primaria, porque ya había terminado pre-escolar, pero debido a mi edad, seis años, no era admitida en la Anexa para ese grado, así que debía repetirlo. Esta situación la consideraba aburrida, -repetir lo mismo solo por entrar a este colegio que no me gusta- pensaba.
Llegó el primer día de clase, mi cara de tristeza era inevitable, solo conocía a Carolina, una hija de una amiga de mi mamá que hablaba muy poco y que de hecho cuando todos los niños se presentaron, yo tuve que decir su nombre. La profesora se llamaba Cecilia Hernández, todos le decíamos “Cecilita” y a pesar de que no era tan joven, era una persona muy dinámica y alegre. Lo que más recuerdo de esta época eran las guías que elaborábamos en la clase y los mágicos momentos de la semana cuando la profe nos decía: “todos a la alfombra verde hoy les traigo un gran sorpresa”. En el salón, que era inmenso, había una alfombra de un plástico verde muy grueso, en ella nos sentábamos o nos acostábamos para habitar lugares desconocidos, caminar por un mar de flores, volar sobre verdes paisajes, correr, saltar, reír, imaginar el traje de la princesa, sentir miedo por el dragón y reír con unos enanitos… olvidaba que estaba en el colegio mientras la profesora leía de forma extraordinaria las primeras historias que marcaron mi vida. Muchas noches sentí tristeza por el patito feo, pero siempre me explicaban que era un cuento que debía servirme de ejemplo para mi vida. Al terminar pre-escolar sentí una alegría inmensa, no solo por los logros obtenidos sino por lo bien que me había adaptado al nuevo colegio y porque estando en la Anexa me encontraba más cerca del sueño de ser maestra.
Aún conversola carpeta de mis trabajos de pre-escolar, cuando la abro llegó a un mundo encantado que, cuando estoy sola, me retiene por cuestiones de segundos y en seguida empiezo a recorrer la Escuela Anexa: Llegaba realmente feliz a la escuela, un bolso y una lonchera me acompañaron siempre, caminaba rápido porque quería encontrarme con mis amigas y darle un fuerte abrazo a mi profesora. Ella fue uno de los grandes ejemplos para mí, yo le decía que cuando grande quería ser una maestra como ella.
Aún conversola carpeta de mis trabajos de pre-escolar, cuando la abro llegó a un mundo encantado que, cuando estoy sola, me retiene por cuestiones de segundos y en seguida empiezo a recorrer la Escuela Anexa: Llegaba realmente feliz a la escuela, un bolso y una lonchera me acompañaron siempre, caminaba rápido porque quería encontrarme con mis amigas y darle un fuerte abrazo a mi profesora. Ella fue uno de los grandes ejemplos para mí, yo le decía que cuando grande quería ser una maestra como ella.
De la primaria guardo muchos recuerdos, el más grato de ellos es el de mi maestra de primero a tercero, Nubia Gómez, que con tanta dedicación y amor continúo con el proceso lecto – escritor. Me encantaba que nos hiciera dictados, aunque tuve serios problemas con la “b” y la “d” que confundía con frecuencia en la escritura. Un día decidí, para evitar equivocarme, escribir en otro papel mi segundo apellido que es Sandoval, para que me sirviera como guía, pues tenía la letra “d”, y así asegurar la correcta escritura de las palabras. Después de haber hecho esto tantas veces, sin darme cuenta, dejé de cometer dichos errores.
También recuerdo que desde niña me gustó mucho leer en voz alta, la profesora Nubia enfatizaba bastante en este ejercicio y para calificar nos llamaba en orden de lista a su escritorio para que le leyéramos un fragmento de algún texto. Pero esto también trajo consecuencias que comprendí hasta hace poco tiempo. La mayoría de las veces yo me preocupé más por el tono de mi voz y por nos cometer errores que por comprender. Sin darme cuenta me sentía halagado porque me decían que leía muy bien, pero al afirmar eso, a lo que estaba haciendo referencia era a que tenía un buen tono de voz y buena vocalización. Este asunto me trajo serios problemas en los últimos años de primaria y en mi bachillerato, pues en las prueba de comprensión de lectura no tenía tan buenos resultados.

No hay comentarios:
Publicar un comentario